EL ORIGEN DE LOS MITOS

Todo comenzó aquí:

Todos mis relatos, por inconexos que puedan parecer, se basan en la leyenda o tradición de que este mundo estuvo habitado en tiempos por otra raza que, al practicar la magia negra, perdió pie y fue expulsada, pero que sigue viviendo en el exterior dispuesta siempre a tomar nuevamente posesión de esta tierra.¹

… o no.

Pocas citas apócrifas han sido tan sobreutilizadas como ésta. Esta cita fue el pistoletazo de salida del universo post-lovecraftiano, en parte gracias al buen hacer maniqueo de su discípulo, August Derleth. Pero antes de seguir, reparen, por favor, en la tercera palabra de este párrafo.

En efecto. Esa frase nunca la pronunció -ni la escribió- Lovecraft.

Lo que sí escribió, en julio de 1927, a Farnsworth Wright, editor por aquel entonces de Weird Tales, tras volver a enviarle el manuscrito -rechazado en primera instancia- de La llamada de Cthulhu:

En la actualidad mis historias están basadas en la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones humanas carecen de validez o significado en lo vasto del cosmos. No hay nada más pueril para mí en una historia que la forma humana -y las pasiones y condiciones igualmente humanas- mostrada como nativa en otros mundos u otros universos. Para llegar a la esencia de lo realmente externo, ya sea en tiempo, espacio o dimensión, uno debe olvidar cosas como la vida orgánica, lo bueno y lo malo, el amor y el odio, y que todos esos atributos locales de una insignificante y eventual raza llamada humanidad incluso lleguen a existir.²

Que, si leen despacio, advertirán que poco o nada tienen que ver. ¿Qué pasó entonces para que una frase falsamente atribuida al autor de Providence diese pie a un ciclo de historias que sobrepasó y sobrevivió al mismísimo Lovecraft?

La respuesta está un poco más arriba: August Derleth.

En efecto. A Derleth le venía muy grande la filosofía oscura y atea de Lovecraft, y aprovechó su puesto de albacea literario espiritual -el verdadero fue Frank B. Long- para retocar los aspectos de la filosofía lovecraftiana que no le cuadraban, que eran muchos. Y como todo católico practicante se dedicó a dar una pátina de maniqueísmo, rellenando los huecos que a él le faltaban para poder propagar la buena de Dios. Puritita Iglesia Católica, vamos.

¿Cómo lo hizo? Apelando al concepto de elemental. Cada dios del panteón lovecraftianao resultaría equiparado a uno de los cuatro elementos. Así, a Cthulhu, el malo por antonomasia, le correspondería el agua. Sí, a pesar de su origen extraterrestre y a pesar de estar prisionero en el agua. El dogma mueve montañas, que hubiera dicho August. Y siguió en su quehacer evangelizador: Nyarlathotep pasó a equipararse a la Tierra, y Hastur (sólo mencionado una vez en toda la ficción lovecraftiana en El que susurra en la oscuridad) se equipara con el elemento aéreo. Derleth contó y cayó en la cuenta de que sólo había adscrito tres elementos a los seres lovecraftianos, así que, como buen samaritano, acudió en la ayuda de su mentor para subsanar ese olvido, equiparando el elemento Fuego a una criatura de su creación, Cthugha. Aunque, eso sí, jamás aclaró por qué dejó fuera del panteón a seres como Azathot y Yog-Sothoth, tótems de la cosmogonía lovecraftiana (de hecho, HPL se refería a su literatura como mi yog-sothothería).

Y se abrió la veda. Tras el toque maniqueísta y reduccionista de Derleth, escribir sobre el papel del hombre en el cosmos lovecraftiano se limitó a ir sumando seres de pronunciación cada vez más complicada y argumentos cada vez más simples. Todo a costa de tergiversar el legado de HPL: la insignificancia del hombre en la inmensidad del cosmos (Fritz Leiber calificó muy afortunadamente a Lovecraft como un Copérnico literario). En cambio, obtuvimos historias de padrinos celestes, los Antiguos, salvándole el culo a la humanidad de los Primordiales, quienes, por alguna ignota razón, nos la tienen jurada. Incluso gente como Brian Lumley, que realmente entendió y compartió la weltanschauung lovecraftiana -que el universo está gobernado por una serie de leyes fijas y sólo parcialmente conocidas³-, a la hora de plasmarlo en papel recurre a Titus Crow y su sistematización de las tierras del sueño, con relatos que no son más que una retahíla de nombres con muchas haches intercaladas.

Así, partiendo de una visión del mundo atea y pesimista acabamos en una lucha eterna de dioses intercediendo unos, intentando destruir a la humanidad otros. Donde en origen había unos seres extraterrestres que no tuvieron conciencia de los humanos como seres -como puede ocurrir en la relación hombre/hormiga- pasamos a glorificar todo un panteón al que alabar y agradecer. Palabra de Cthulhu, amén.

En cuanto a la cita de la magia negra en sí, Derleth siempre mantuvo la autoría de HPL, y que la escribió en una de las cartas que le mandó el de Providence. Cuando fue conminado a mostrar dicha carta no pudo hacerlo: Lovecraft no había escito nunca nada así.  El origen está en una carta de Harold S. Farnese, compositor musical, a Derleth. En ella, Farnese malinterpreta la visión del mundo lovecraftiano casi tanto como Derleth, que no dudó en creer la atribución a HPL de la autoría de la frase. Posteriores estudiosos (Joshi, Tierney, Mosig) consiguieron correlacionar las dos citas arriba expuestas y la relación entre ellas.

Así pues, sépanlo: posiblemente hayan estado leyendo a HPL de forma sesgada. Y es que también Lovecraft  topó con la Iglesia.

Agradézcanselo a Derleth.

_______

NOTAS:

¹. L. Sprague de Camp, en Lovecraft, una biografía (1975),  primera edición española en Valdemar, colección Avatares nº 3 (1992). Traducción de Francisco Torres Oliver. La cita está llamada a pie de página como HPL a Derleth, 16 de mayo de 1931; Derleth, en HPL, A memoir (1945), pp. 69 s. La autenticidad de la última cita se ha cuestionado; no aparece en las cartas que se conservan de HPL a Derleth. Se dice (D. W. Mosig, com. pers.) que, al ser preguntado sobre este tema, Derleth no sólo no pudo mostrar la fuente, sino que además se enfadó. La cita puede ser una paráfrasis de memoria de algo que Derleth creía (la cursiva es mía) que HPL había escrito.

². HPL a Farnsworth Wright, 5 de julio de 1927, en Selected Letters II,  Arkham House Publishers, (1968), p. 150.

³. Steven J. Mariconda, Lovecraft’s Cosmic Imagery, en An Epicure in the Terrible, A Centennial Anthology of Essays in Honor of H. P. Lovecraft, editado por David E. Schultz y S. T. Joshi, Fairleigh Dickinson University Press (1991).

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~ por Diego Ávila en 10/30/2008.

7 comentarios to “EL ORIGEN DE LOS MITOS”

  1. Excelente y muy interesante. Aunque no deja de resultar curioso que el post acabe siendo, él mismo, una historia de malos contra buenos 🙂

  2. Ja ja ja! Razón no le falta, pero en esta ocasión, creo, se trataba de colocar a cada uno en su lugar. Aunque ver a Derleth como un trasunto de Cthulhu tiene su aquél, no se crea…

  3. Magnifico, Magnifico. Hacia tiempo que no leia algo tan bueno. Felicidades.

  4. Es sólo la primera parte de un enorme post sobre los mitos lovecraftianos. Pronto, la continuación.

  5. De todas formas, y desde mi ignorancia, tengo entendido que, de no ser por el Sr. Derleth (y otros), la obra de Lovecraft podría haber permanecido en la más absoluta oscuridad.

    Ruego elabore o desmienta este punto en un artículo futuro, y en virtud de ello conceda los atenuantes que correspondan a este señor.

  6. Cierto. Derleth y Wandrei desde Arkham House Publishers dieron a HPL el empujón definitivo. Mi cabreo con Derleth es más por su injerencia católica que literaria o ideológica. La reducción a lo maniqueo. Y aunque yo pienso que gente como Joshi, Schultz o editoriales como Necronomicon Press hubiesen rescatado a HPL con mejor pericia, es cierto que gracias a Derleth ese trabajo inicial ya estaba hecho.
    Atenuado el personaje y explicada mi rabia, espero.

  7. Al menos a la verdad le gusta flotar de vez en cuando y afortunadamente las palabras del testaferro fueron la burbuja que le ayudo a salir

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