CENTENARIO

•02/24/2009 • 5 comentarios

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de August Derleth. Dios estará contento. HPL, no tanto.

ASTOUNDING STORIES, JUNIO 1936

•01/09/2009 • 13 comentarios

Aquí tienen la que es, sin dada, una de las joyas de mi colección: un ejemplar original (nada de facsímil) de la revista Astounding Stories, de junio de 1936, siendo además la única portada que HPL consiguió en vida, con La sombra de más allá del tiempo. La ilustración de portada es de Howard V. Brown, que se ha reproducido hasta la saciedad. Aquí tienen las dos primeras fotos, de quien esto escribe escudado detrás de su tesoro y la susodicha portada:

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El estado en general es bueno, tiene levantado el extremo inferior del lomo, y el borde inferior de la portada corta (debido al guillotinado) parte de los apellidos de los demás escritores que aparecen en la revista. Además de La sombra de más allá del tiempo (presentada como “una brillante obra descriptiva en la que el tiempo se entrelaza con la arqueología y el viaje cerebral dentro de una narración fascinante de ciencia prospectiva”), está presente la segunda parte de The Cometeers (“Giles Habibula deambula de nuevo por el espacio sideral mientras la Tierra y sus colonias se enfrentan a una temible amenaza”), de Jack Williamson, creador del término terraformación.  El resto del elenco son autores olvidados hoy en día –Nat Schachner con Reverse Universe, Warner Van Lore con Glagula– a excepción del artículo Accuracy, de John W. Campbell, Jr. Campbell fue el autor del relato Who goes there? (1948), que fue llevado al cine en 1951 como El enigma de otro mundo y en 1982 como La cosa, de nuestro viejo amigo Carpenter.

Y ahora les dejo con las ilustraciones que adornan el relato lovecraftiano. ¿Que cuánto me costó? Amigos, ésa es otra historia…

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LA ÓPERA LOVECRAFTIANA QUE NUNCA FUE

•12/18/2008 • 1 comentario

Se ha hablado aquí en anteriores posts de Farnese como principal artífice de la cita de la magia negra, así como de su proyectada ópera al alimón con HPL, y que nunca llegó a cuajar. Pero, ¿cuál era la pretensión de Farnese con esa obra? ¿Cuán pensado tenía aquel proyecto? ¿De qué iba? Derleth ilumina un poco las nieblas que rodean a aquella obra inconclusa.

El proyecto de Fen River pasó a llamarse The Swamp.  El lugar en el que transcurría la acción sería un poblado perdido entre los pantanos de Yuggoth, durante una época indeterminada e imaginaria.

El elenco era el siguiente: Yurregarth (tenor), Yannimaid (soprano), Chlorander (tenor), Nickelman (barítono), Aril (mezzosoprano), el sacerdote Serac (barítono), el barquero Terrete (bajo),  y el pueblo de la ciudad del pantano (coro). La inspiración del lugar la encontró en el norte de California, “en algún lugar entre Crescent City y Eureka”.¹

También señaló la edad: Yurregarth, Yannimaid, Chlorander y Aril están en su juventud, Nickelman, y Terrete son de edad media, y Serac de edad indefinida.

Farnese hizo especial hincapié en que lo principal en la ópera había de ser su intangible rareza y su capacidad fantasmagórica. Tendría que seguir las pautas que HPL esbozó en Hongos de Yuggoth, especialmente las mostradas en Espejismo y El faro del anciano. Además, la acción estaría siempre supeditada a la atmósfera de la obra, pero siempre desde un punto de vista lovecraftiano.

“La niebla y la confusión de contornos son esenciales (…) Deberíamos abandonar la ciudad perdida como la encontramos, todo debe guardar la similitud que dejaría una pesadilla en nuestra memoria (…) En todo momento el pantano debe prevalecer sobre las acciones de los personajes”.²

Dado que la ópera nunca llegó a componerse, no cabe duda de que los deseos de Farnese se vieron cumplidos casi a rajatabla.

La impericia de HPL en el tratamiento dramático de los personajes nos ha privado de una obra a buen seguro maldita y que permanecería olvidada hasta que algún avispado decidiese grabarla a la espera de conseguir píngües beneficios de la población friki (eMule mediante).

Farnese, el hombre que ha quedado ligado a Lovecraft de por vida -de alguna extraña manera, consiguió su propósito por otros medios a los pensados por él-, al ir relegando cada vez más el fallido proyecto ante las largas de HPL, nos ha privado de la única ocasión en la que HPL hubiese quedado ligado a la escena musical, excepción hecha del disco de pizarra en el que con cinco o seis años grabó  una canción popular infantil y que permanece perdido, desaparecido quizás, quizás  a la espera de que alguien lo descubra en algún arcón de alguna polvorienta buhardilla de Estados Unidos.

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Notas:

¹. August Derleth, HPL. A memoir,  Ben Abramson Publishers, (1945), p. 39.

² íd.

HAROLD S.

•12/01/2008 • 17 comentarios

Hablemos un poco más de Harold S.
Poco se sabe de él. Que nació en 1885 y murió a los 60 años. Que originó la cita apócrifa de la magia negra, como ya se vio en el anterior post, y poco más.
Se carteó con HPL durante, básicamente, 1932 y enero del 33. El motivo, trabajo: entusiasmado con la narrativa lovecraftiana, le pidió una colaboración para una ópera de ambiente HPLesco, Yurregarth y Yannimaid, o La Ciudad del Pantano

En la misma carta añadía:

“HPL tenía problemas con el diálogo. Escribió: El diálogo en cualquiera de sus formas parece rasgar el velo con el que recubro mis historias. De alguna manera, parece imposible de aferrar a mi técnica de lo extraño, si he de ceñirme exclusivamente al diálogo. […] Puesto que usted, músico, y yo, escritor, tendemos a ver las cosar con la misma luz. La historia y el argumento de La Ciudad del Pantano me complacen sobremanera. Deseo con todo mi corazón poder insuflar vida a los personajes de Yurregarth y Yannimaid. Y en cuanto a la siniestra Nickelman, una versión moderna de Undine, será una novedad para el público americano”. ²

Pero Farnese citaba de memoria. Lo que sí dejó escrito Lovecraft fue:

“Considerando su sugerencia de cooperación en un drama musical cuya partitura compondría usted mismo, me siento sobrecogido ante tamaño cumplido. Nada hay que pueda hacer si quiero respetar la justicia que tal empresa se merece. Debido a mi profunda ignorancia sobre lo musical, soy especialmente sensible a su habilidad para ampliar el efecto a formas de expresión aliadas a la misma. Pero sobre esto prevalece el hecho de que no tengo experiencia ninguna en composición dramática, ¿y cómo un simple novicio podría corresponder a la música de un avezado compositor?  […]  Nunca he empleado el drama como medio de expresión. Probablemente la razón es que en el trabajo que intento hacer los personajes humanos importan muy poco. Son detalles incidentales, prácticamente marionetas, ya que los verdaderos protagonistas de mis historias no son en absoluto seres orgánicos, sino simplemente fenómenos. Dudo poseer la habilidad de manejar personajes humanos de una manera vital, ya que me impresionan mucho menos que lo que lo hacen las impersonales fuerzas de la naturaleza. Siendo esto así, está claro que nunca he hecho mucho uso del diálogo. Si mis personajes hablan, lo hacen simplemente para registrar las anormales mutaciones de su entorno. Pero crear las figuras humanas necesarias para insuflar vida en un drama musical es una tarea que me supera”. ³

que se le parece, pero no es lo mismo.

El 5 de Agosto de 1932 HPL escribe a Wandrei:

“Un hombre de Los Ángeles quiere musicar dos de mis hongos yuggothianos”.4

Según Joshi los sonetos musicados fueron Espejismo y El faro del Anciano.5 De hecho, en Selected Letters IV aparece reproducido la partitura de este último.

Y Farnese desaparece en las brumas del olvido…

Hasta que Roderick Repke, ejecutivo de la discográfico Edgetone Records y especialista en búsqueda de material cuasiimposible encontró la partitura de El faro del Anciano, con “la música de un tal Dr. Harold Farnese, quien escribió una opereta inacabada para los sonetos de Lovecraft”.
Desconozco a día de hoy si Farnese compuso una opereta sobre el ciclo de poemas o si sólo musicó los dos sonetos anteriormente mencionados, lo que sí sé es que del descubrimiento del trabajo de Farnese surgió la realización de un disco, Legion of Dagon, libremente basado en dicho descubrimiento. Los músicos, los Tri Cornered Tent Show, cuyo corte The Elder Pharos les ofrezco a continuación, en exclusiva (todo lo exclusiva que permite hoy internet, claro), con la esperanza de que el tema ofrezca algo de lo que Farnese dejó compuesto:

The Elder Pharos

Como curiosidad, y para acabar, hace pocos años apareció otra partitura de Farnese, Elegy, dedicada a HPL. Se vendía -o se sigue vendiendo, le he perdido la pista- por 150$. Eso sí, no hay referencias escritas a dicha composición en honor a Lovecraft, aunque la anotación a lápiz en la parte superior parece dejar pocas dudas:

Elegy

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NOTAS

1. Carta de Farnese a Derleth, 11 de abril de 1937.
2. Schultz, The origin of Lovecraft’s Black Magic Quote.
3. HPL a Harold S. Farnese, en Selected Letters IV, Arkham House Publishers (1976), págs. 71-72. Los énfasis son de Lovecraft.
4. Carta de HPL a Donald Wandrei, 15 de septiembre de 1937.
5. S. T. Joshi, H P Lovecraft, A life, Necronomicon Press (1996), pág. 522.

H. P. LOVECRAFT: FOUR DECADES OF CRITICISM

•11/11/2008 • 8 comentarios

Comienza con este post una serie en los que, lejos de elucubraciones y artículos sesudos, lo que aspira a alcanzar es la envidia. Sana o enferma, eso depende de ustedes. Lo que pretendo con la etiqueta Biblioteca Miskatónica es, ni más ni menos, mostrarles mi colección de libros de y sobre HPL, mi Lovecraftiana particular. Y aunque tengo libros y revistas más valiosos que el que les presento hoy, empiezo con éste porque es el último que he adquirido: el jueves pasado, mi hija de dos mesecitos y yo fuimos a Correos a por nuestro último incunable.

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Primera edición, de 1980. Editado por S. T. Joshi para la Ohio University Press. Cubierta dura, de tela verde con algunos desconchados. ISBN 0-8214-0577-3. 247 páginas sin incluir agradecimientos y prólogo. Ejemplar autografiado por Joshi.  Anotado por el editor, quien no duda en corregir a los ensayistas o en ahondar en lo dicho por ellos. Ejemplar de segunda mano que una vez perteneció a la biblioteca de la Abington High School, de Abington, Pennsylvania. Buen estado en general, aunque se notan las huellas del uso. Hay párrafos remarcados y otros subrayados.

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El libro se divide en seis partes: Ensayos introductorios; Estudios generalesLos mitos de Lovecraft; Influencias literarias, Análisis filosóficos, psicológicos e históricos; y La poesía de Lovecraft.

La primera parte se compone de tres artículos de S. T. Joshi (para quien se lo pregunte, las iniciales corresponden a Sunand Tryambak), el primero de ellos: H. P. Lovecraft: His Life and Work al alimón con Kenneth W. Faig, los otros dos: Lovecraft’s Criticism: A Study y A Chronology of Selected Works by H. P. Lovecraft, en solitario. En ellos, Joshi establece un punto de partida necesario: acotar el por qué de un libro así, y explicar el curioso caso de Lovecraft, un escritor rescatado del olvido y objeto de tesis doctorales y ensayos como los que recoge el libro.

Cuatro ensayos pueblan la segunda parte: H. P. Lovecraft: A Appreciation, de T. O. Mabbott; Tales of the Marvellous and the Ridiculous, de Edmund Wilson; A Literary Copernicus, de Fritz Leiber, Jr. y From The Supernatural in Fiction, de Peter Penzoldt. Obvia decir que el único que reviste algún interés hoy día es el imprescindible A Literary Copernicus. Como apostilla Joshi, quizás el mejor ensayo crítico sobre HPL, la piedra Rosetta de todo aquél que quiera investigar la obra del de Providence. También reviste algo de importancia el de Thomas Ollive Mabbott, no por lo que dice, sino por cuándo lo dijo. El artículo, publicado en 1944, es considerado el primer ensayo académico sobre Lovecraft. Por otros motivos habría que considerar al de E. Wilson, crítico de renombre en su época a quien no le gustaba Lovecraft (y lo deja bien claro en el texto) y quien de alguna manera inició la campaña antilovecraftiana dentro de los círculos literarios estadounidenses. El de Penzoldt, superficial,  no obstante es remarcable por la defensa que hace del uso del adjetivo en HPL, en contra de su famosa y consensuada adjetivitis.

La tercera parte, Los Mitos de Lovecraft, se compone de tres ensayos: The Cthulhu Mhytos: A Study, de George T. Wetzel; Some Notes on Cthulhuian Pseudobiblia, de Edgard Lauterbach; y H. P. Lovecraft: Myth-Maker, de Dirk W. Mosig. Para los muy eruditos, decir que el estudio de Wetzel es la revisión que en 1971 hizo de su clásico de 1955. Una lectura imprescindible. Lauterbach, profesor de literatura inglesa, muestra cómo el mundo académico poco a poco fue abriéndose al recluso de Providence, mientras que Mosig escribe otro ensayo totémico en el mundo lovecraftiano, donde ya habla de los errores conceptuales que Derleth asumió al hablar de los mitos de Cthulhu (de hecho, él acabaría llamándolos YSCOMYog-Sothoth Cycle of Myth-) y que marcó el inicio de su carrera como exegeta de H. P.

Las influencias literarias contienen ensayos de J. Vernon Shea (On the Literary Influences Wich Shaped Lovecraft’s Work), Fritz Leiber, Jr. (Through Hyperspace with Brown Jenkin: Lovecraft’s Contribution to Speculative Fiction), Peter Cannon (The Influence of Vathek on H. P. Lovecraft’s The Dream-Quest of Unknown Kadath; H. P. Lovecraft in Hawthornian Perspective) y Robert Bloch (Poe and Lovecraft). El controvertido Vernon Shea aparece con una versión reducida del artículo homónimo, en el que sienta las bases de las similitudes de la obra lovecraftiana con las de otros autores, a menudo pasados por alto por la crítica. El de Leiber se centra en el papel de HPL como escritor de ciencia ficción, mientras que los de Cannon se centran más en influencias concretas. Por último, Bloch escribe sobre el paralelismo existente entre su autor fetiche, Poe, y nuestro adorado Lovecraft. Este ensayo, del año 1973, es poco conocido y poco citado. A pesar de lo bueno.

Los Análisis filosóficos, psicológicos e históricos -parte siguiente- contiene los ensayos Facts in the Case of H. P. Lovecraft, de Burton L. St Armand; “The White Ship”: A Psychological Odyssey, de Dirk W. Mosig; Lovecraft and the Cosmic Quality in Fiction, de Richard L. Tierney y Dystopia as Utopia: Howard Phillips Lovecraft and the  Unknown Content of American Horror Literature, de Paul Buhle. El primero es una lectura que St Armand hizo para la Sociedad Histórica de Rhode Island en Noviembre de 1969, y se centra en El caso de Charles Dexter Ward para ejemplificar lo que él denomina “sentido del lugar” en Lovecraft. Mosig ahonda en la riqueza alegórica de los cuentos à la Dunsany de HPL, centrándose en La nave blanca. Ahora bien, les aviso que Mosig es más Jungiano que Jung, así que prepárense a leer sobre Sombras, Ánimas, Personas e inconsciente colectivo. Buhle centra la importancia de la obra y el pensamiento lovecraftiano desde una perspectiva histórica.

Y para acabar, la faceta poética de Lovecraft, con contribuciones del poeta  Winfield Townley Scott (A Parenthesis on Lovecraft as Poet) reclamando reconocimiento para la obra poética de HPL, y R. Boerem por partida doble (A Lovecraftian Nightmare y The Continuity of the Fungi from Yuggoth). El más interesante sin duda éste último, en el que mantiene que los sonetos de Hongos de Yuggoth quizás no sean poemas aislados, sino partes de un gran poema único.

El libro cuenta con un epílogo de lujo: el poema To Howard Phillips Lovecraft, de Clark Ashton Smith, que vio publicado en Weird Tales tras la muerte del primero, en 1937, y dos apéndices: las obras completas de H. P. Lovecraft (en su edición de Arkham House) y una sucinta guía de lecturas suplementarias. Completan el libro un índice onomástico y una brevísima nota sobre el editor.

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EL ORIGEN DE LOS MITOS

•10/30/2008 • 7 comentarios

Todo comenzó aquí:

Todos mis relatos, por inconexos que puedan parecer, se basan en la leyenda o tradición de que este mundo estuvo habitado en tiempos por otra raza que, al practicar la magia negra, perdió pie y fue expulsada, pero que sigue viviendo en el exterior dispuesta siempre a tomar nuevamente posesión de esta tierra.¹

… o no.

Pocas citas apócrifas han sido tan sobreutilizadas como ésta. Esta cita fue el pistoletazo de salida del universo post-lovecraftiano, en parte gracias al buen hacer maniqueo de su discípulo, August Derleth. Pero antes de seguir, reparen, por favor, en la tercera palabra de este párrafo.

En efecto. Esa frase nunca la pronunció -ni la escribió- Lovecraft.

Lo que sí escribió, en julio de 1927, a Farnsworth Wright, editor por aquel entonces de Weird Tales, tras volver a enviarle el manuscrito -rechazado en primera instancia- de La llamada de Cthulhu:

En la actualidad mis historias están basadas en la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones humanas carecen de validez o significado en lo vasto del cosmos. No hay nada más pueril para mí en una historia que la forma humana -y las pasiones y condiciones igualmente humanas- mostrada como nativa en otros mundos u otros universos. Para llegar a la esencia de lo realmente externo, ya sea en tiempo, espacio o dimensión, uno debe olvidar cosas como la vida orgánica, lo bueno y lo malo, el amor y el odio, y que todos esos atributos locales de una insignificante y eventual raza llamada humanidad incluso lleguen a existir.²

Que, si leen despacio, advertirán que poco o nada tienen que ver. ¿Qué pasó entonces para que una frase falsamente atribuida al autor de Providence diese pie a un ciclo de historias que sobrepasó y sobrevivió al mismísimo Lovecraft?

La respuesta está un poco más arriba: August Derleth.

En efecto. A Derleth le venía muy grande la filosofía oscura y atea de Lovecraft, y aprovechó su puesto de albacea literario espiritual -el verdadero fue Frank B. Long- para retocar los aspectos de la filosofía lovecraftiana que no le cuadraban, que eran muchos. Y como todo católico practicante se dedicó a dar una pátina de maniqueísmo, rellenando los huecos que a él le faltaban para poder propagar la buena de Dios. Puritita Iglesia Católica, vamos.

¿Cómo lo hizo? Apelando al concepto de elemental. Cada dios del panteón lovecraftianao resultaría equiparado a uno de los cuatro elementos. Así, a Cthulhu, el malo por antonomasia, le correspondería el agua. Sí, a pesar de su origen extraterrestre y a pesar de estar prisionero en el agua. El dogma mueve montañas, que hubiera dicho August. Y siguió en su quehacer evangelizador: Nyarlathotep pasó a equipararse a la Tierra, y Hastur (sólo mencionado una vez en toda la ficción lovecraftiana en El que susurra en la oscuridad) se equipara con el elemento aéreo. Derleth contó y cayó en la cuenta de que sólo había adscrito tres elementos a los seres lovecraftianos, así que, como buen samaritano, acudió en la ayuda de su mentor para subsanar ese olvido, equiparando el elemento Fuego a una criatura de su creación, Cthugha. Aunque, eso sí, jamás aclaró por qué dejó fuera del panteón a seres como Azathot y Yog-Sothoth, tótems de la cosmogonía lovecraftiana (de hecho, HPL se refería a su literatura como mi yog-sothothería).

Y se abrió la veda. Tras el toque maniqueísta y reduccionista de Derleth, escribir sobre el papel del hombre en el cosmos lovecraftiano se limitó a ir sumando seres de pronunciación cada vez más complicada y argumentos cada vez más simples. Todo a costa de tergiversar el legado de HPL: la insignificancia del hombre en la inmensidad del cosmos (Fritz Leiber calificó muy afortunadamente a Lovecraft como un Copérnico literario). En cambio, obtuvimos historias de padrinos celestes, los Antiguos, salvándole el culo a la humanidad de los Primordiales, quienes, por alguna ignota razón, nos la tienen jurada. Incluso gente como Brian Lumley, que realmente entendió y compartió la weltanschauung lovecraftiana -que el universo está gobernado por una serie de leyes fijas y sólo parcialmente conocidas³-, a la hora de plasmarlo en papel recurre a Titus Crow y su sistematización de las tierras del sueño, con relatos que no son más que una retahíla de nombres con muchas haches intercaladas.

Así, partiendo de una visión del mundo atea y pesimista acabamos en una lucha eterna de dioses intercediendo unos, intentando destruir a la humanidad otros. Donde en origen había unos seres extraterrestres que no tuvieron conciencia de los humanos como seres -como puede ocurrir en la relación hombre/hormiga- pasamos a glorificar todo un panteón al que alabar y agradecer. Palabra de Cthulhu, amén.

En cuanto a la cita de la magia negra en sí, Derleth siempre mantuvo la autoría de HPL, y que la escribió en una de las cartas que le mandó el de Providence. Cuando fue conminado a mostrar dicha carta no pudo hacerlo: Lovecraft no había escito nunca nada así.  El origen está en una carta de Harold S. Farnese, compositor musical, a Derleth. En ella, Farnese malinterpreta la visión del mundo lovecraftiano casi tanto como Derleth, que no dudó en creer la atribución a HPL de la autoría de la frase. Posteriores estudiosos (Joshi, Tierney, Mosig) consiguieron correlacionar las dos citas arriba expuestas y la relación entre ellas.

Así pues, sépanlo: posiblemente hayan estado leyendo a HPL de forma sesgada. Y es que también Lovecraft  topó con la Iglesia.

Agradézcanselo a Derleth.

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NOTAS:

¹. L. Sprague de Camp, en Lovecraft, una biografía (1975),  primera edición española en Valdemar, colección Avatares nº 3 (1992). Traducción de Francisco Torres Oliver. La cita está llamada a pie de página como HPL a Derleth, 16 de mayo de 1931; Derleth, en HPL, A memoir (1945), pp. 69 s. La autenticidad de la última cita se ha cuestionado; no aparece en las cartas que se conservan de HPL a Derleth. Se dice (D. W. Mosig, com. pers.) que, al ser preguntado sobre este tema, Derleth no sólo no pudo mostrar la fuente, sino que además se enfadó. La cita puede ser una paráfrasis de memoria de algo que Derleth creía (la cursiva es mía) que HPL había escrito.

². HPL a Farnsworth Wright, 5 de julio de 1927, en Selected Letters II,  Arkham House Publishers, (1968), p. 150.

³. Steven J. Mariconda, Lovecraft’s Cosmic Imagery, en An Epicure in the Terrible, A Centennial Anthology of Essays in Honor of H. P. Lovecraft, editado por David E. Schultz y S. T. Joshi, Fairleigh Dickinson University Press (1991).

CTRL+HPL+SUPR

•10/18/2008 • 2 comentarios

Los aficionados a la obra de Lovecraft tuvimos una muy buena noticia hace cinco años: Edaf publicó toda la ficción del autor de manera casi integral, con nuevas traducciones hechas para la colección, y con la edición de Alberto Santos, quien siempre ha pivotado sobre la figura de HPL en España con más aciertos que errores y que prologa cada uno de los 27 volúmenes, editados en rústica y a un precio muy asequible. ¿Se podía pedir más? A eso intentará responder este artículo.

A priori, puede parecer que el trabajo de Santos ha sido titánico. Ha reunido el corpus lovecraftiano atendiendo a una nueva clasificación de su obra, ya que si leemos los lomos de los libros los encontramos reunidos en siete grandes bloques:

  • Ciclo de Cthulhu                 (2 volúmenes)
  • Mitos de Cthulhu                (4 volúmenes)
  • Colaboraciones                   (8 volúmenes)
  • Relatos de terror                 (5 volúmenes)
  • Orden y Caos                      (4 volúmenes)
  • Ciclo de Randolph Carter    (2 volúmenes)
  • Relatos oníricos                  (2 volúmenes)

Pero si escarbamos un poco en la superficie aparecen las primeras decepciones. Porque la división es meramente editorial, no hay un hilo conductor ni razonamiento para dicha clasificación, si bien sí encontramos cierta unidad y coherencia a la hora de amalgamar los relatos. Digamos que la clasificación ofrecida es más una estantería que un archivador. Santos en ningún momento explica -ni mucho menos analiza- el porqué de tal división. Servidor es más partidario de la clasificación que S. T. Joshi establece en el seminal H. P. Lovecraft: A life (Necronomicon Press, 1996), quien afirma y propone una clasificación diacrónica y cronológica antes que cualquiera otra de naturaleza temática o aglutinante (como la que circuló en la Era Alianza -cuentos de Nueva Inglaterra, ciclo de Arkham y Mitos de Cthulhu-). Lovecraft utiliza los mismo referentes cosmogónicos desde sus primeros escritos, perfeccionándolos, mutándolos o parodiándolos según le sea necesario, y eso invalida cualquier clasificación coherente atendiendo a dichos preceptos. Esto lo notamos en la colección de Edaf, donde se nos presentandos distintos tipos de aproximación de los relatos concernientes a la cosmogonía cthulhiana: el ciclo de Cthulhu -formado únicamente por La llamada de Cthulhu y El ser en el umbral– y los mitos de Cthulhu, que abarca desde obras menores de su juventud hasta obras maduras y maduradas como El horror de Dunwich. Pero el editor se contradice: relatos como El sabueso o El modelo de Pickman poco pintan en el Volumen I de Mitos de Cthulhu, y cuando escribe sobre La ceremonia lo engloba dentro del ciclo de Cthulhu y no de los Mitos, como hace en la colección. O incluso evoca el añejo Ciclo de Arkham. Es decir, no es una clasificación a priori pensada ni meditada, sino un mero instrumento para la clasificación espacial de los relatos (¿recuerdan lo de una estantería y no un archivador)?
Otro de los motivos de gozo de los acérrimos era el hecho de ofrecernos las versiones más completas posibles de los relatos, además de contar con traducciones hechas ex profeso para la colección. Tal labor, dura, ingrata e invisible ha recaído en José A. Álvaro Garrido, quien ha seguido -a veces demasiado literalmente- los textos de la editorial Arkham House, lo que comporta dos riesgos: el ofrecer información sesgada y desactualizada, ignorando por ejemplo las decenas de libros y revistas publicadas por la pequeña Necronomicon Press gracias al tesón de Marc Michaud, quien hizo de Lovecraft su modo de vida con un rigor y un respeto intachables; y dos, el riesgo de zozobrar con los nombres, términos y acepciones que la cosmogonía lovecraftiana mantiene bien asentados en España desde la época de Alianza Editorial. Un ejemplo: en La búsqueda onírica de la desconocida Kadath, a los Nightgaunts (las inefables Alimañas descarnadas de la noche de Francisco Torres Oliver) se les llama Pellejudos nocturnos, pero, ¿Antiguos y Grandes Antiguos? ¿Qué daño hacía el epíteto Primordial, cuando está además bien colocado tanto estética como semánticamente? Un viejo adagio reza: no toques algo si no lo vas a mejorar. Hemos crecido con el nomenclator torresoliveresco, y nos sigue evocando impías ruinas ciclópeas que ya eran antiguas cuando el mundo aún era joven.
Por todo ello, la idea que ronda a este lector es la siguiente: Edaf, dueño de los derechos de la obra de Lovecraft (sólo la de Arkham House Publishers), quiere hacer olvidar al público español la aquí llamada Era Alianza. Para ello ofrecen traducciones nuevas -correctas y ajustadas, pero poco afines en un primer vistazo al gusto estético lovecraftiano-, un remedo de nueva clasificación a la luz de las nuevas traducciones y unos prólogos que apenas contribuyen nada a la información y el disfrute del lector. Y es una lástima, porque hemos desaprovechado una oportunidad formidable y única. Las estrellas tardarán en estar dispuestas otra vez. Se respeta al autor, pero no se incide en aspectos biográficos (el gran handicap del lector español, que sólo puede leer en el idioma de Cervantes la biografía de Sprague de Camp).
Así pues, disfrutemos de la siempre necesaria relectura de nuestro autor de Providence, aprovechando esta nueva edición, aplaudiendo lo positivo, pero haciendo notar lo que no nos convence. Eso sí, agradecer en todo caso a Alberto Santos, persona sin la que Lovecraft hubiese caído en un inmerecido olvido editorial, tantos años de admiración y labor. Al César lo que es del César.

 
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